Son predecibles las estrellas; y misteriosas, remotas y visibles.
Poseen nombres que ellas ignoran.
Custodian la suerte de una especie que deriva entre la perplejidad y la estupidez.
Inconmensurables y desaforadas eran nada hasta que el primer hominido levantó la vista.
Sus lentas y mecánicas jornadas dictan breves y aleatorios destinos, gratuitos y fatales, en la última página de los diarios.
Las rigen alevosas cantidades que nos dicen que somos el más frágil de los milagros.
Me las figuro con autoconciencia y su edén perdido (todos buscamos volver al vientre materno) es una raza hija de sus núcleos.
Devotas indagan en las esferas que las orbitan. Consultan a otras estrellas y son consultadas.
¿Quién será la portadora de ese fruto que demanda eones de espera?
En el suburbio de una galaxia, una llamada Sol algo sospecha.






